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«Nada puede desaprovecharse»

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William McDonough es el creador del concepto “Cradle to Cradle” (De la cuna a la cuna), es arquitecto estadounidense y pionero de la arquitectura sostenible, quién insiste en la idea de que nada puede desaprovecharse.

No es fácil cambiar el mundo y el arquitecto William McDonough, lo sabe: lleva más de dos décadas predicando el concepto “Cradle to Cradle” (De la cuna a la cuna), en conjunto con el químico alemán Michael Braungart, vaticinando un cambio radical en la manera de pensar, diseñar y hacer las cosas.

¿De qué se trata?
Han estado siguiendo los principios de la naturaleza, donde no existe el concepto de “residuo”. Tratando a los materiales como “nutrientes”. Creando un flujo continuo para reusar y reciclar todo lo que producimos. Generando una “economía circular” que sustituya este nefasto modelo en el que llevamos anclados hace más de un siglo: usar y tirar, quemar y enterrar, de la cuna a la tumba.

Tras su experiencia fallida en China, donde intentó diseñar la ciudad sostenible de Huangbaiyu, su nuevo laboratorio de pruebas está ahora en los Países Bajos, el terreno fértil que necesitaba para poner en marcha proyectos como el parque tecnológico 20/20, construido con los principios del “cradle to cradle”.

La Base de Sostenibilidad de la NASA en California o la regeneración de la planta de Ford en Michigan son otros dos ejemplos palpables de sus ideas en acción, así como la ICEHouse, la casa reciclada y reciclable en la que se condensa la esencia de la economía circular.

ENTREVISTA

Usted y Michael Braungart llevan dándole vueltas el concepto “cradle to cradle” desde principios de los noventa. ¿Por qué ha tardado tanto en calar?

– Cuando lanzamos la idea, sabíamos que el futuro iba a ir por ahí… Pero es cierto: entonces pensábamos que el cambio de paradigma llegaría antes. En aquellos momentos estábamos bajo el impulso de la Cumbre de la Tierra de Río. Fue cuando se acuñó la idea de las “sostenibilidad” y todo hacía pensar que estábamos en un punto de inflexión. Pero los “felices noventa” acabaron siendo una ocasión perdida. De hecho, desde los años setenta hemos perdido varias ocasiones para cambiar el modelo de producción. Y eso por no hablar del avance de las energías renovables, que tenía que haber ido mucho más rápido.

¿Nos queda tiempo para consumar el cambio?

– No tenemos otra opción. Cuanto antes lo hagamos, mejor. El cambio climático es una carrera contrarreloj, y la crisis de recursos está al caer. Hasta ahora hemos vivido como si no hubiera un mañana. Era el modelo del consumismo voraz, el usar y tirar que los norteamericanos hemos exportado al mundo. La mayor aberración de ese modelo ha sido eso que llamamos la “obsolescencia programada”: diseñar y producir las cosas para que duren lo menos posible. Llevamos demasiado tiempo planificando este desastre. Hay que empezar a pensar en el “largo ahora”, a dar por hecho que la especie humana va a vivir mucho tiempo y empezar a pensar en las futuras generaciones. Si pensamos que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, seguiremos como hasta ahora.

La mayor aberración ha sido la “obsolescencia programada”: diseñar y producir las cosas para que duren lo menos posible.

El sistema no ayuda: la ecología se sigue percibiendo como la “enemiga” de la economía.

– Es cierto que muchas empresas creen que lo verde y sostenible no es rentable. Hay empresarios que escuchan con interés estas ideas, pero acto seguido tuercen el gesto y te preguntan: “¿Cuánto me va a costar?”. No me canso de decirles que la innovación no es solo beneficiosa, sino que a medio plazo es muy rentable y convierte a las empresas en algo social y ecológicamente relevante. Ya hay un buen puñado de compañías y multinacionales que están marcando el nuevo camino.

¿Cuáles?

– Me vienen muchos nombres a la cabeza, y con algunas (Ford, sin ir más lejos) he estado directamente vinculado, así que prefiero no dar a una lista.

También estamos viendo mucho oportunismo y mucho “greenwashing”. Al fin y al cabo lo verde vende…

– Yo creo que los consumidores están mucho mejor informados hoy en día. Con las herramientas que información tenemos, es muy fácil distinguir el auténtico compromiso verde del “greenwashing”… Es más, yo creo que la sostenibilidad acabará siendo la nueva normalidad. Lo que hace unos años podía parecer una anécdota o una cuestión de imagen, es ahora una necesidad. Hacer bien al planeta no es un lujo, sino un imperativo.

Usted ha recalcado cómo la sostenibilidad empieza por lo local. ¿Cómo ve a España en este terreno?

– España en general, y Barcelona en particular, tienen una tradición de creatividad e innovación, puestas al servicio del diseño o de una sociedad mejor. Percibo una gran fertilidad de ideas, como la campaña “Upcycling the Oceans” que ha lanzado Javier Goyeneche, de Ecoalf. Me parece encomiable tener a los pescadores “pescando” plástico y materiales de nuestros mares que luego se pueden reaprovechar para hacer tejidos o fabricar cosas. Los mares se han convertido en el gran vertedero del planeta. Nos creemos que son un sumidero sin fondo, pero nos equivocamos. No está muy lejos el momento en que habrá más plástico que peces en nuestros mares: basta con ver todo lo que recogen con sus redes los pescadores para hacerse una idea.

La sostenibilidad acabará siendo la nueva normalidad. Hacer bien al planeta no es un lujo, sino un imperativo.

¿Se puede aspirar a un mundo de “cero residuos”? ¿No es acaso una utopía?

– El residuo es un invento humano, acaso el más pernicioso. En la naturaleza no existe el concepto de “residuo”, sino el de “nutriente”. Tenemos el reto de rediseñarlo todo con la idea de que nada puede desaprovecharse, pensando en el uso presente y futuro de los materiales. Una parte volverá a la biosfera, otra parte se quedará circulando en la tecnosfera.

¿Los cinco principios del “cradle to cradle” siguen siendo válidos?

– Esencialmente sí, aunque han ido enriqueciéndose con el tiempo. El primer requisito es separar los materiales por su metabolismo. El segundo es el plan de gestión de los “nutrientes”, determinar qué se va a hacer con ellos tras su uso. El tercero es que estén fabricados con energía renovables, y el cuarto es minimizar el uso del agua y que pueda ser reaprovechada. El quinto y no menos importante: que los productos sean fabricados con criterios de responsabilidad social. El “cradle to cradle” aspira a ser un concepto universal, una certificación pública de “ecoeficiencia”.

Tenemos el reto de rediseñarlo todo con la idea de que nada puede desaprovecharse

Después de dar vueltas en Estados Unidos y Alemania, sus ideas están calando especialmente en los Países Bajos, que han convertido la economía circular en “bandera”. ¿Cuál es la explicación?

– Los holandeses son conscientes de sus límites: se trata del país con mayor densidad de Europa, y en terrenos ganados en gran parte al mar. Mantienen esa lucha colectiva desde hace siglos. Son gente habituada a arrimar el hombro y a colaborar, gente muy pragmática y con poco sentido de las jerarquías. Los holandeses dieron una gran lección al mundo en los años setenta, cuando apostaron por la bicicleta como el eje de la movilidad urbana. Ahora se proponen hacer lo mismo en el terreno de la producción y del diseño con la economía circular. Hoy por hoy, los Países Bajos son el mayor laboratorio de lo posible.

 

 

Fuente: El correo del sol

Fotografía principal: EAN Legacy es el primer edificio diseñado para Colombia por el arquitecto William McDonough, uno de los creadores de la filosofía Cradle to Cradle.

Nos leemos pronto, abrazo grande!

Da Naturaleza

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